Cumplía
la mili en la Base Aérea de Getafe cuando enfermé de ictericia. Me
enviaron a casa, de permiso, hasta que estuviera curado. En Las Pandiellas, la finca familiar, siempre fui feliz. Un lugar con una sola casa, perteneciente a la parroquia de Villamarín de Salceo, con abundantes pastos, situada en una ladera mirando al norte y al borde del río Cubia.
Allí nací y me crie con mis padres, Perfecta y Eleuterio y mis ocho
hermanos. Yo soy el sexto. Había vacas, cabras y ovejas, así como
gallinas y conejos. También colmenas y palomas. Las cosechas de maíz y
escanda daban para autoabastecernos y vender en parte. Patatas,
hortalizas y una pomarada completaban los cultivos. Teníamos suficiente
desahogo económico, por encima de lo habitual en la época.
Uno
de mis hermanos murió de apendicitis. Cuando llegaron con él a Grado ya
había fallecido. De los mayores, dos mujeres emigraron a Madrid y otros
dos, hombre y mujer a Argentina. En Las Pandiellas quedamos cuatro.
Curado
de la ictericia y dispuesto a volver al acuartelamiento de Getafe,
aconteció el Golpe de Estado dirigido por Franco contra el gobierno de
la Segunda República. Decidí entonces incorporarme al batallón “Asturias
39” que defendía la Cordillera Cantábrica en Ventana. Falangistas y
soldados nacionales se habían apoderado de las cumbres y nosotros
tratábamos de echarlos hacia Babia. El Comité de Guerra era consciente
de la importancia que tenía la defensa de este punto. Al mando de un
batallón de 300 hombres estaba el capitán jefe Rafael Barredo (Falín
el de Grao). Las provisiones llegaban con dificultad, a lomos de mulos y
caballos, dada la dificultad del terreno. Dormíamos en tiendas de
campaña y en la capilla de Trobaniello. Allí conocí a Manolo, natural de Zorrina,
en Salas, entablando con él una buena amistad y camaradería. Hablábamos
mucho, de nuestras familias, de los proyectos y sueños truncados por el
Alzamiento. Cuánto dolor y muerte causados por una Guerra Civil sin
sentido. Un odio visceral hacia los rojos, hacia todo aquel que pensase
diferente, que defendiera la igualdad, la justicia, los derechos
sociales.
El
invierno fue riguroso. Sin el equipamiento adecuado; alpargatas en vez
de botas de campaña, armamento procedente de la Primera Guerra Mundial,
sin resguardo efectivo del viento, la lluvia y demás inclemencias, el
día a día estaba plagado de problemas, difíciles de superar en muchas
ocasiones.
Para
la construcción de las fortificaciones, además de nuestro trabajo, se
obligaba a la población civil a ayudar, mediante un decreto denominado
de “las sesenta horas”. Este era el tiempo que debería trabajar cada
persona requerida por la convocatoria del Frente Popular. Debían traer
sus herramientas para efectuar los trabajos que les encomendasen en el
lugar señalado. La dureza del suelo y lo escarpado del terreno hacían
penosas las labores de fortificación teniendo que emplear dinamita en
varias ocasiones. Las tropas nacionales, acampadas en Babia, tenían más
fácil el acceso al alto de Ventana, al poder utilizar camiones para su
desplazamiento.
Trabajamos
duro, construyendo trincheras y parapetos, picando en la peña para
resguardar víveres y munición. A finales de agosto y primeros de
septiembre se produjeron las primeras escaramuzas. Con el avance de los
falangistas de la Bandera de Lugo, las milicias populares abandonamos
Ventana el 21 de octubre de 1937.
Temiendo las represalias de los nacionales, Manolo y yo fuimos a su pueblo, Zorrina. Allí, en casa de sus padres, habilitamos un zulo, separado con un tabique, del corripo
de los cerdos. Se accedía, por una especie de rampa, desde una
habitación. Salíamos por las noches, cuando brillaba la luna, a trabajar
la tierra, preparar la huerta para plantar las hortalizas y segar la
hierba. Los vecinos se asombraban al ver cómo le cundía el trabajo a la
familia. También me entretenía en labores de carpintería, a las que de
siempre fui aficionado. En una inspección, de las tantas que hizo la
Guardia Civil al interior de la casa, la pareja de guardias subió a
investigar al desván, valiéndose de una linterna. Tuvimos el tiempo
justo para deslizarnos por la trampilla y llegar al zulo. Solían, los
guardias, golpear los tabiques con la culata de los fusiles para
comprobar si había algún compartimento hueco. Afortunadamente, en esa
ocasión, no realizaron tal maniobra. Manolo me comentó que no podía más,
que había llegado al límite, que no era capaz de soportar más la
situación, siempre en tensión, con miedo a las represalias que sufriría
su familia si lo encontraban allí escondido. Se entregó en el cuartel y
pasó varios años en la cárcel.
Uno de mis escondrijos fue en Bárzana,
en casa de mi tío Francisco, hermano de mi madre. Allí, desde una
rendija en el desván, donde estaba escondido, veía pasar a las mujeres a
buscar agua a la fuente. Había una joven, casi una niña, Generosa, que
llamó mi atención.
-Tío, ¿quién ye esa chavala que se para a hablar contigo cuando pasa por aquí?
-Pariente lejana nuestra. Muy buena rapaza, discreta, formal y trabajadora.
. Gustaríame conocela, -le dije- ¿será posible?
Propició
mi tío que nos viésemos alguna vez, en una total clandestinidad. Así
surgió un noviazgo bastante complicado por mi situación.
Cambiaba
a menudo de escondite. Cuando era una cueva la que me servía de
albergue, procuraba que estuviese al lado de un río o un arroyo para
poder beber y lavarme. Siempre desplazándome de noche por atajos,
trochas y campo a través. En una ocasión, al atravesar un castañedo y
saltar un muro, topé de frente con un oso. Éste se asustó tanto como yo.
Soltó un gruñido pavoroso y yo un grito de terror. Una mujer, que venía
del molino, al escuchar los gritos pensó, y así lo comento al llegar al
pueblo, que habían matado un fugao, circunstancia bastante habitual en esa época.
En
Bandujo me escondía en el hórreo de mi prima Juana. Eran las fiestas de
septiembre. Desperté al son de la alborada que, el gaitero y
tamborilero iban tocando por todo el pueblo, desde el barrio del Toral
hasta “entelaiglesia”
y, desde allí, acompañaba a la procesión. También llevaban un “ramo”
con un roscón y rosquillas, colocadas en una estructura de madera,
adornado con un mantel blanco, seis servilletas, lazos y flores. Al
finalizar la misa se subastaban las rosquillas. No me llevaron la comida
al hórreo, como acostumbraban cada día. Me senté a la mesa con toda la
familia a dar buena cuenta del cordero, el pitu
y el postre de arroz con leche. Después de comer empezó el baile en La
Reguera. En la barra del chigre, unos tableros colocados para la
ocasión, disfruté del espectáculo de las parejas de jóvenes mujeres que
bailaban juntas, según la costumbre, esperando que los mozos se
acercaran y las sacaran a bailar con ellos. De repente me puse tenso y
en alerta. Una pareja de la Guardia Civil estaba a mi lado. Si topaban
un rojo y encima fugao,
aplicaban, sin dudar, la Ley de Fugas, disparar primero y preguntar
después. La situación se complicó cuando, uno de los guardias, se
dirigió a mí.
- ¿Sacamos a bailar una pareja de mozas? -me dijo
Vi
la suerte de cara. Le respondí: yo bailo con la pequeña. La desazón
desapareció y caminé por delante del guardia hacia las jóvenes, una de
las cuales, la más bajita, era Generosa, que había llegado de Bárzana,
a pasar las fiestas en casa de Juana, también pariente de ella. Bailé
aquella pieza y otras más con la chica que me gustaba y que acabaría
siendo mi mujer.
Un
día, escuché como Juana, mi prima, le pedía leche a su hermana que
acababa de bajar de la braña de ordeñar a las vacas. Ella se la negó. La
tristeza me invadió, no quería ser una carga para nadie. Los tiempos no
eran fáciles. Por la noche salí en busca de otro refugio. Cualquier
oquedad me servía, mejor al lado de un arroyo o río. Castañas, avellanas
y frutas de temporada constituyeron mi alimento en muchas ocasiones.
Nunca me gustaron las berzas, pero, una noche, era
tanta el hambre que tenía que, al ver un huerto con un cuadro de ellas
me puse a devorar las hojas tiernas una tras otra hasta calmar el
apetito.
Encerrado
de día, escuchaba la vida a través de las rendijas y aberturas del
hórreo, del desván o de la cueva en que estaba escondido. El paso de las
estaciones, tantos otoños contemplando los tonos dorados de las hojas,
antes de desprenderse de los árboles y caer al suelo formando alfombras.
Las primaveras floridas, anunciando las cosechas. Los tristes y largos
inviernos. Los veranos, más llevaderos, escondido en las cuevas. El
canto de los grillos, el de jilgueros y raitanes,
la llegada de las golondrinas o el sonido de la piedra de afilar
rozando la guadaña. Las charlas y comentarios de los vecinos, el
griterío de los niños jugando. Todo ayudaba a que me sintiera vivo, con
la esperanza de que volviese la normalidad. El sueño nunca era sosegado.
Siempre con el temor de que vinieran a detenerme, siempre pensando en
una delación. Me acordaba de Senén, un tevergano
que había combatido en Ventana, teniente del ejército republicano. Al
finalizar la contienda estaba escondido en la cuadra de un amigo. Un
vecino llamó para que saliera, que no había peligro. El traidor venía
acompañado de unos falangistas que, emboscados detrás de las vacas, en
cuanto lo vislumbraron, lo acribillaron a balazos. A continuación,
ataron el cuerpo a un caballo y lo pasearon por todo el pueblo.
En
una ocasión, escondido en casa de mi tío Francisco, llegó una mujer
bastante charlatana que empezó a comentar los horrores que habían
padecido los parientes que vivían en Las Pandiellas.
Mi tío trató, por todos los medios, de desviar la conversación, pero no
hubo manera, ella siguió hablando y hablando. Así fue como me enteré de
la terrible represión que había sufrido mi familia y el trágico fin de
mis padres y mis hermanos pequeños.
Un
rato después de irse la vecina charlatana, mi tío Francisco subió al
desván encontrándome aferrado a una viga del techo, llorando y en un
estado de desesperación y nervios difícil de superar. Nadie me había
comentado el trágico fin de mis seres más queridos. Cuando preguntaba
por ellos sólo decían que se habían marchado a Madrid con mis hermanas
mayores. La angustia y la desesperación me abrumaron al conocer la
terrible realidad. Traté de coger el fusil, del que no solía separarme,
con la intención de pegarme un tiro.
-Tío,
¿por qué?, ¿por qué? - grité. ¡Me cago en el clero bendito!, voy a por
el individuo que denunció a mi familia y a por todos sus allegados y
mato a los que coja por delante.
La
denuncia había partido del alcalde de barrio de Villamarín, con el
ánimo de apropiarse de todo cuanto pudiera de la propiedad de Las Pandiellas.
Gran trabajo le costó a mi tío Francisco tranquilizarme.
Por
razones no confesables de esa familia de Villamarín, se fueron
generando comentarios críticos hacia mis padres y mis hermanos, llegando
a divulgar acusaciones tendenciosas por
determinado tipo de comportamiento, como el hecho de dar de comer a los
fugaos que habían buscado refugio en el monte. Era de sobra conocido
que mi madre ayudaba a cualquier persona que por allí transitase, dado
el despoblamiento de la zona y, a la vez, ser camino de tránsito hacia
el concejo de Teverga.
Motivos personales, como la envidia y políticos, por mi incorporación al ejército republicano, ambos unidos a la presencia en Momalo
de un destacamento de falangistas, dieron lugar a que se fuera creando
un clima enrarecido para mis padres que, con tres de sus hijos, se
mantenían en Las Pandiellas.
Les llegaron a aconsejar la conveniencia de dejar el caserío y
trasladarse a vivir al pueblo de Villamarín para su mayor seguridad. Así
lo hicieron, llevando consigo algunas pertenencias y animales
domésticos, excepto las vacas que continuarían pastando en los prados de
Las Pandiellas
al cuidado de Andrés, de diecinueve años, hermano que me seguía en
edad. En el pueblo surgían las preguntas de unos y otros sobre mi
paradero, cuestión que mi familia mantenía desconocer.
Un grupo de falangistas se presentó en Villamarin para llevar arrestados a los cuatro familiares y encarcelarlos en la escuela de Momalo.
En ese lugar permanecía instalado un destacamento denominado “La quinta
bandera de Falange”, cuyo mando corría a cargo de un tal Ezequiel. A mi
padre y mi hermano Francisco, de quince años, los encerraron en una
sala y en otra, aparte, a mi madre, con mi hermana Trinidad, de
diecisiete años. Los vecinos no tardaron en escuchar, desde sus casas,
los gritos de los detenidos, consecuencia de las palizas y torturas que
les propinaban sus verdugos. Como ningún miembro de la familia confesó
mi paradero, poco tardaron en poner en marcha un plan de aniquilamiento contra todos ellos.
Los falangistas subieron a Las Pandiellas
con el objetivo de requisar todo el ganado vacuno. Como quiera que
encontraban dificultades para el traslado de los animales por el camino
hasta Villamarín, donde esperaba el camión para cargarlos, encargaron a
Andrés, mi hermano, que los sacara hasta la carretera. Accedió a cambio
de la promesa de quedarse con una o dos vacas de leche. Ya con el ganado
subido al transporte, le dijeron a Andrés que eligiera una vaca, cosa
que hizo al instante. “Bien, comentaron, ahora baja por la carretera
hasta Momalo
y allí la recoges”- Andrés comenzó a caminar y, en ese momento, por la
espalda, le pegaron un tiro en la cabeza y se fueron en el camión.
Vecinos de Villamarín se acercaron al lugar e intentaron recoger el
cuerpo de Andrés, pudiendo comprobar cómo se había arrastrado,
moribundo, por la carretera, acompañado de su perro, un mastín con fama
de muy bravo. El perro se había vuelto como loco y no dejaba que nadie
se acercase. Teresa, una mujer acostumbrada a subir a la braña de Las Pandiellas y ver todos los días al perro, se acercó para calmarlo, pero el mastín se le tiró a las piernas, por lo que tomaron la decisión de pegarle un tiro y así recoger el cuerpo de mi
hermano. A Andrés lo enterraron en el cementerio en una fosa común
utilizada por los vecinos de la parroquia para depositar a los
fallecidos que sus familiares no podían costear los gastos de una
sepultura.
Como
cambiaba a menudo de escondite mi familia nunca sabía dónde estaba y si
lo sabían no lo confesaron, pese a las torturas y palizas. A mi padre y
mi hermano Francisco, los llevaron a un lugar conocido como La Dosal,
más arriba de Momalo.
Allí mismo le pegaron un tiro a cada uno, dejándolos tirados en el
monte- De vuelta al pueblo los falangistas dieron orden a unos vecinos, a
sabiendas de la buena relación que mantenían ambas familias, para que
procedieran al enterramiento. Acostumbraban a escoger aquellos vecinos
más comprometidos con las ideas de izquierdas para mayor escarnio en
este tipo de crímenes- Pasados los años, pudimos conocer el lugar donde
permanecían los restos.
Mi
madre y Trinidad permanecían encerradas en la escuela. Se comentó que,
algún miembro del destacamento de Falange, más humano que el resto, dejó
una puerta abierta para permitir su fuga. Así lo hicieron, dirigiéndose
a Villamarín tratando de obtener ayuda. Llamaron a la puerta del
alcalde de barrio. Su mujer abrió la puerta de cuarterón y al verlas
comenzó una sarta de reproches, recalcando que como se atrevían a pedir
ayuda si nunca iban a misa y pasaban todo el tiempo blasfemando. “No me
comprometáis” les dijo, antes de cerrar la puerta a la que mi madre se
mantenía aferrada mientras suplicaba desesperada. No consiguieron la
ayuda que necesitaban. Los de izquierdas no se atrevieron a echarles una
mano por temor a las represalias y los facciosos porque no quisieron.
Eran rojas. Fueron a esconderse en una pequeña cueva, cerca del río, por
debajo de la carretera. No tardaron en encontrarlas. Les hicieron tomar
el camino de vuelta a Momalo.
Poco antes de llegar al pueblo, mientras caminaban, les descerrajaron
un tiro en la cabeza a cada una. Por la espalda, como hacen los
cobardes. Se desconoce quienes pudieron haberlas enterrado. Años después
recibieron sepultura, los cuatro familiares, en dos tumbas. Los restos
de Trinidad con mi madre y los de Francisco con mi padre. Ambas
sepulturas, con sus lápidas y nombres correspondientes permanecen en un
lugar próximo a la carretera que sube a Tolinas, enclave que decidí años más tarde para conocimiento y recuerdo de todos.
Anteriormente a todos estos sucesos que tuvieron lugar en 1938, mis padres habían empezado a construir una casa nueva en Las Pandiellas. Ausentes todos los familiares por diferentes circunstancias, todas ellas trágicas, una familia de Villamarín llego a Las Pandiellas,
con un carro, para llevar los materiales de construcción, los animales
domésticos, así como cereales y frutos. Destrozaron todo aquello que no
les servía, quemando el resto, incluso todas las fotografías, para que
nadie pudiera poner cara a las víctimas de aquella barbarie. Ni una sola
imagen quedó de ninguno de ellos.
Debido
a las penurias que sufrían en la capital de España durante la guerra y
la dura posguerra, con el racionamiento y la escasez de alimentos, la
falta de trabajo y, el que había, mal pagado, mis dos hermanas, que
habían emigrado a Madrid, regresaron a Las Pandiellas.
Instaladas en la casa, encontraron una situación totalmente desoladora,
todo devastado por la rapiña de quien había denunciado. Aun
así, con grandes y graves carencias, pasaron un tiempo sobreviviendo
como podían de lo que cultivaban, con dos vacas que habían comprado.
Pasé algún tiempo escondido en el palomar de la finca. Mis hermanas me
dejaban algo de comida por la noche, fuera de la casa, en un truébano,
a escondidas del marido de una de ellas que amenazaba con denunciarme
si me presentaba por allí. No tardó en intentarlo. Fue a Las Villas a
pedirle a su padre un caballo para bajar hasta Grado a formalizar la
denuncia. Su padre, un hombre recto y cabal, no sólo le negó el caballo,
sino que también le amenazó con pegarle un tiro si lo hacía.
En
el tiempo que estuve en el palomar rememoraba la infancia, jugando con
mis hermanos, haciendo trastadas, trabajando también en todas las
labores, que no eran pocas, de tierras y ganados. Nunca fuimos a la
escuela. Mi padre nos enseñó a leer, escribir y las cuatro reglas.
Ciencias de la Naturaleza las aprendíamos en vivo y en directo, con la
práctica diaria. Vino a mi mente un recuerdo triste. Tenía yo unos
catorce años cuando escuché gritos de mi madre. Subí corriendo y vi como
mi padre estaba pegándole con una guiada. Me abalancé y enfrenté a él.
Delante de mí, al menos, nunca más volvió a maltratarla. Nunca pude
soportar la violencia, mucho menos contra las mujeres.
No
me quedó otra opción que desaparecer de nuevo. Cambié mi imagen todo lo
que pude, intentando pasar desapercibido allí donde fuera. Recalé en
Salinas, concejo de Piedras Blancas, haciéndome llamar Avelino. La
situación no resultaba fácil, siempre tratando de no ser reconocido y
carecer de cualquier tipo de documentación, vigente o falsa, que
acreditase mi identidad. Escogía siempre lugares y trabajos que se
adaptasen a mis circunstancias. Trabajé un tiempo de jardinero. Estar al
aire libre, en contacto con la tierra, resultaba gratificante. Era como
estar en Las Pandiellas
plantando lechugas o cebollín, arrancar las malas hierbas o podar los
árboles. En los atardeceres de primavera y verano, una vez terminado el
trabajo, me recostaba en la hierba, a la sombra de un árbol, a pensar en
lo que había cambiado la vida: de la libertad y los derechos sociales
conseguidos en la República, a la total represión de la Dictadura
Militar. La Iglesia con poder absoluto; todos tenían que ser católicos
por decreto ley. Matrimonios celebrados legalmente tuvieron que
revalidarse por la Iglesia para ser considerados válidos. Criaturas que
debían cambiar de nombre al ser, obligatoriamente, bautizadas. La feroz
persecución, encarcelamiento y muerte a todo el que fuese de izquierdas.
La denuncia de cualquier vecino envidioso o con ánimo de hacer el mal,
suponía una detención, requisar sus bienes y, en muchos casos,
fusilamiento. Mi tristeza era enorme al comprobar la situación a la que
habíamos llegado.
La
vida, en la posguerra, era muy dura. Siempre con el temor de que te
detuvieran, pidiesen la documentación y, en el mejor de los casos,
librarte con una paliza. Para desplazarse de un lugar a otro era
necesario un salvoconducto, expedido por la autoridad competente. El
racionamiento era escaso y malo. Los encargados de distribuirlo hacían
negocio proporcionando parte de la ración a los comerciantes amigos que
lo vendían al “estraperlo”. Cada campesino tenía que declarar la
superficie sembrada de maíz o escanda y entregar al Ayuntamiento, la
parte proporcional establecida. Una mujer que tenía alquilado un local
para depósito de los alimentos del racionamiento y el grano aportado por
los agricultores, hizo un pequeño agujero, a ras del suelo, en el
tabique de ladrillo que separaba su vivienda del local y, con un gancho
de alambre sacaba granos de escanda. Tostados en una sartén con un poco
de azúcar y triturados en el molinillo era lo que servía a la familia
para preparar café. La correspondencia era censurada. Las cartas no se
depositaban en Correos. Había que llevarlas al cuartel de la Guardia
Civil donde eran leídas y ellos se encargaban de darle curso, si
aprobaban el contenido. Se recibían abiertas, una vez leídas por el
censor de turno.
Viví
“de noche”, oculto y siempre en tensa alerta durante doce años. Me
entregué en el año 1948, en Grado, acompañado de un oficial militar
apellidado Ortega. No establecieron cargo alguno contra mí, quedando totalmente libre para volver a mi casa de Las Pandiellas.
Me casé con Generosa, después de un largo noviazgo
en la clandestinidad. Al tener antecedentes, por haber luchado en el
bando republicano, no me daban trabajo en parte alguna. Empezamos en Las
Pandiellas,
con una vaca que le dieron sus padres a Generosa y las colmenas que
sobrevivieron a la rapiña de los vecinos. Labramos las tierras y, en
verano, trabajaba de herbero en los pueblos vecinos. Una tarea dura,
segar la hierba a guadaña, pero permitía obtener unos jornales muy
necesarios.
Empecé a trabajar en las minas de caolín en Bárzana.
Mi mujer no quería, por el peligro que entraña esa ocupación, pero
siempre estuve en labores de exterior. Con el capataz, bastante
prepotente, tuve unas palabras, a causa de un trabajo que él pretendía
se realizase de una manera y yo propuse que se hiciera de una forma más
fácil. Dijo que, si no estaba conforme, me marchase. Y así lo hice. Tres
días más tarde apareció el ingeniero por Las Pandiellas. Octavio, tienes que volver, tu trabajo y organización, son importantes, -me dijo-, te disculpas con Ramón y ya está. No tengo por qué disculparme, -contesté-, en todo caso es él quien tiene que hacerlo. Volví a trabajar, sin excusas por ninguno de los dos.
Un día, en el mercado, encontré a un conocido que me contó unos hechos relacionados con lo acontecido a mi familia:
Manolo era vecino de las Cuestas, de Trubia; se casó con una mujer de Santianes
llamada Piedad, con la que tuvo tres hijos. Dos de ellos nacieron con
graves problemas de salud a consecuencia de la talidomida, un sedante
recetado a las embarazadas en España entre los años 1957 y 1963.
Allá
por los años setenta, en conversación con Rafael Estrada, Manolo se
lamentaba amargamente del problema irremediable que padecían sus hijos y
que él achacaba a un castigo de Dios. Rafael le preguntó el motivo por
el que Dios le pudo haber castigado. La razón, explicaba Manolo, se
debía a unos hechos en los que había participado como componente del
grupo de falangistas destacados en la escuela de Momalo, a cuyo mando figuraba un tal Ezequiel, vecino de Seaza. La misión consistió en dar caza a un vecino de Las Pandiellas,
llamado Octavio, que había desertado del servicio militar obligatorio y
permanecía escondido en algún lugar de la zona. Al llegar a Las Pandiellas,
finca propiedad de la familia del fugado. Un joven que se encontraba en
la casa, al ver que unos extraños sacaban las vacas de la cuadra y las
llevaban ladera abajo, corrió tras ellos que caminaban hacia Bárzana, con el ganado. Cruzaron el río Cubia para subir a Momalo y el joven suplicaba que no le llevaran la vaca pinta, pues era la que daba leche.
-¡Dexaime la pinta ho! ¡No me la llevéis! -gritaba angustiado.
Respondieron que los acompañara hasta Momalo y, una vez allí, se la devolverían. Poco antes de llegar a la carretera que sube a Tolinas, en un prado conocido como El Dosal,. donde poco tiempo atrás habías fusilado a varias personas de los concejos de Grado y Tameza-,Ezequiel dio la orden de matar al joven.
Parte de las vacas fueron sacrificadas para alimentar a la tropa establecida en la escuela y el resto se llevaron para Grado.
Una mujer de Momalo
encontró al joven muerto en el fondo de un prado. Tenía un pedazo de
pan en una mano y, a su lado, permanecía el perro que le acompañaba
desde que había salido de su casa tras el grupo de falangistas.
Pasaron
los años y, un día, Octavio hizo su aparición en Grado. Se entregó a
las autoridades, lo metieron preso, tuvo un juicio y, al no encontrar en
su conducta delitos de sangre, lo dejaron en libertad. Fue el único de
la familia que pudo continuar en la casa. Había sobrevivido ocho años
escondido en cuevas y casas de amigos y familiares. Luego, con nombre
falso, realizando diversos trabajos. Pudo rehacer su vida, creó una
familia y se trasladó a Grado, con su mujer e hijas.
Rafael,
tratando de dar consuelo a Manolo, le decía que él no había pegado el
tiro, a lo que contestó: “que, de haber intervenido, tal vez hubiera
salvado la vida del joven”. De ahí que, el remordimiento que sentía, le
hacía pensar que se debía al castigo que recibió de Dios.
ENLAZA
ESTE RELATO CON EL QUE OFRECE DE ESTE HECHO JOSÉ LUIS MARTIN VIGIL EN
SU LIBRO “LAS FLECHAS DE MI HAZ”. EL AUTOR ESTABA DESTACADO EN MOMALO Y
FORMÓ PARTE DEL GRUPO QUE DETUVO A LA FAMILIA DE OCTAVIO. ESCRIBE LO
SIGUIENTE:
Hay
orden de traslado, pero la 5ª Bandera no sale para el frente, como
cabía esperar, sino que se reparte estratégicamente sobre el terreno y a
mi sección la destinan a un pueblecito monte arriba, por la cuenca del Cubia, que se llama Momalo, con el fin de completar la absoluta limpieza de la zona.
Somos casi cuarenta hombres y nos alojamos en las casas aldeanas. A mi me toca la del “ferreru”. Momalo es una aldea a caballo sobre la carretera de Tameza.
La operación limpieza comenzaba de nuevo y esta vez ejercida de modo sistemático. Por vez primera actuábamos de noche...”¡Hay batida!”, con lo que debías tirarte de la cama, equiparte en segundos y tomar el armamento de rigor.
Era
particularmente duro correr el monte abrupto en una oscuridad
acrecentada por la abundancia de arboleda. Caímos sobre los objetivos
designados con el mismo sigilo de las alimañas que merodean no lejos de
nosotros. Generalmente se trataba de una cueva, un caserío donde podían
haber hallado refugio los de los maquis. Gritos de intimidación,
brutales golpes en las puertas, una vez copado el edificio, candiles que
se encienden, gente empavorecida, registros exhaustivos y la eterna
pregunta: “¿Dónde están?”, sin obtener respuesta convincente. O lo
ignoraban o tenían más agallas de lo que el mando suponía. Se
practicaban detenciones, pero de gente desarmada, inofensiva. Luego, ya
de vuelta, continuaba el expediente.
No
supe de torturas si, por tortura, entendemos el refinamiento en la
aplicación de coacciones físicas. Todo era más elemental; pero se pegaba
a los detenidos, se les zurraba, las manos atadas a la espalda y entre
varios. Ocurrió que, como consecuencia de una de aquellas batidas
nocturnas, teníamos encerradas en el puesto de mando a dos mujeres,
madre e hija, por no sé qué complicidades probadas o supuestas, que
nosotros ignorábamos. Durante la noche y aprovechando la descuidada
vigilancia, había volado la pareja; ni rastro de madre e hija en el
lugar. Los mandos dieron voces, las inculpaciones se disolvieron en el
peloteo de responsabilidades a que todo el mundo se libró. El jefe de la
sección, con sus dos flechas plateadas en el gorro, mandó patrullas en
todas direcciones. La suerte, mala suerte, por cierto, hizo que aquella
en la que yo formaba, diera en un pueblo vecino con el par de evadidas.
Se detuvo a las mujeres sin ninguna resistencia y se dispuso el regreso a
pie por la misma carretera. Cierto que, al despedir a las patrullas, el
mando airado, tras recriminarnos con tópico desgarro militar, había
gritado: “Y si las encontráis, no quiero verlas por aquí”, pero, ¿acaso
se trataba de otra cosa que retórica? … ¿Se puede disponer de una vida
sobre la base de tan ambigua orden? Veníamos de vuelta, ellas delante y
nosotros cinco, con un cabo, detrás. Y este ínfimo escalafón de la
castrense jerarquía, entonces en candelero, tomó la decisión, al
parecer, de interpretar al pie de la letra las palabras. Hubo miradas,
gestos expresivos, órdenes mudas. Ellas no se enteraron de que daban el
último paso de su vida. Así, por la espalda, a menos de tres metros,
fueron cazadas con la mayor impunidad. Cayeron hacia delante, boca
abajo, y estaban muertas sin necesidad de la gracia de otro tiro.
Si
la orden incluía intencionadamente semejante atrocidad, es algo que no
sé, pero al llegar al pueblo y dar parte, no hubo quejas, regañinas, ni
siquiera un reproche por lo que cabría reputar en el mejor de los
supuestos de excesivo celo. Todo se dio por bueno y a otra cosa.
En
descargo de conciencia, y tal como estaba educado por entonces busqué
la confesión como un alivio. No eran pecados propios, aunque tampoco
estaba muy seguro de que no salpicaran los ajenos. La actitud del
sacerdote, sin embargo, me produjo cierto escándalo. Lo disculpaba todo.
Era un cura rural de un pueblo no lejano. Y no es que su tendencia a
perdonar pudiera molestarme lo más mínimo, es que no podía disimular su
partidismo y perdonaba evidentemente, más que desde la caridad, desde un
deseo inconfesable de revancha: “No te preocupes, hijo, ellos hicieron
cosas mucho peores”.
"Historia real y sin adornos, como fue la historia de la Guerra. Historias reales y personales, alejadas de la Épica con mayúscula, porque en ellas está la auténtica épica, la del esfuerzo y la del dolor, la de la lucha, también la de la derrota."