domingo, 6 de diciembre de 2015

Pestiños

500 gramos de harina, 150 ml. de aceite de oliva suave, un chorro vino blanco dulce, 50 ml. zumo de naranja, sal, anís en grano, ralladura de naranja y azúcar para rebozar.

Calentar el aceite con piel de naranja y anises. Ya frío, mezclar con todo. Añadir más harina si fuese necesario hasta conseguir una masa manejable. Hacer bolas pequeñas, estirar fino, plegar y freir en abundante aceite. Pasar por azúcar.

Pastel de patata

Cocer patatas con piel, pelar y hacer puré añadiendo mantequilla, sal, pimienta y yema de huevo. En molde de horno untado de aceite poner la mitad del puré, rellenar con el preparado que más apetezca, cubrir con el resto del puré, espolvorear con queso rallado y gratinar.

Rellenos variados:

Carne picada con guisantes, champiñones y tomate triturado.

Boloñesa, con carne picada de ternera y cerdo, zanahoria, apio, cebolla, mantequilla, aceite, tomate concentrado, canela en rama y sal.

Atún con salsa de tomate y pimientos.

Bacalao rehogado con cebolla, pimientos picados y tomate triturado.

Cebolla rehogada, bacon, champiñones, huevo duro y queso rallado. 

Espinacas cocidas, escurridas y rehogadas con cebolla, ajo, bacon, jamón, comino, piñones y pasas.

Pisto de verduras.




martes, 25 de agosto de 2015

Pañales y otras minucias

Los medios de comunicación nos abruman, cada día, con las colas en Venezuela. En esta ocasión, para adquirir pañales. ¿Es tan difícil poner a las criaturas pañales de tela de algodón? Son reutilizables, no producen alergia, no contaminan y son más baratos. Otra de las muchas barbaridades a las que nos lleva la "sociedad de consumo". 

jueves, 9 de julio de 2015

Plata



MENCIÓN ESPECIAL (CASTELLANO)
Mª Teresa Tuñón Álvarez: Plata
Wenceslao llevaba dos semanas enfermo, postrado en la cama, aquejado de una fiebre altísima y fuertes dolores de vientre que lo mantenían alejado de su trabajo en las entrañas de Cerro Rico en Potosí, la ciudad más alta del mundo. Una ciudad llena de belleza en sus empinadas calles, con casonas, iglesias, palacios y monasterios. Una belleza que Wenceslao nunca supo ni pudo apreciar inmerso como estaba en arañar las entrañas de la mina para poder llevar el sustento a la especie de choza que servía de hogar. Con un niño de doce años y una nena de diez, su mujer, Lucrecia, aportaba algún boliviano a la economía familiar vendiendo amuletos en un trozo de acera del Mercado de la brujería.
Su enfermedad, Wenceslao estaba seguro, era cosa del Tío, ese diablo de la mina a quién debían guardar pleitesía todos los trabajadores y era obligado ofrendarle cada día hojas de coca, tabaco y alcohol para que les facilitase el trabajo y ayuda para encontrar la veta mejor y más fácil de arrancar de las entrañas del Cerro. Fueron los españoles quienes crearon la figura de ese demonio de las minas, con objeto de obligar a los indígenas a trabajar sin descanso.
El día que Wenceslao se desplomó, retorciéndose de dolor, encima del mineral que estaba cargando en la carretilla, no había realizado la habitual ofrenda de coca, alcohol y tabaco al Tío. Estaba enfadado con él. Hacía va un tiempo que, los esfuerzos que realizaba la cuadrilla de la que él formaba parte, no obtenían los resultados esperados. El dinero que recibían era menguado. Apenas les daba para sobrevivir.
La mañana de aquel martes despertó sin dolor. Ni rastro de fiebre. Una energía inusitada lo invadía. Ágil, se levantó de un salto y, vistiéndose a toda prisa, corrió veloz hacia la mina, no sin antes pararse en el Mercado de Mineros a comprar los presentes para el Tío. Al ofrecérselos, a Wenceslao le pareció ver, en el horrible rostro del diablo, una sonrisa. Parecía que sus pies, más que tocar el suelo, volaban, camino de la galería. De repente, una intensa luz lo deslumbró. Ante sus ojos tenía la más increíble y fabulosa veta de plata que el Cerro Rico de Potosí había dado nunca. Por fin su vida iba a cambiar. Tendrían una casa con agua corriente, su mujer dejaría de vender amuletos, sus hijos podrían estudiar y tener una vida mejor.
Los asistentes al velatorio miraban con asombro la expresión de felicidad en la cara de Wenceslao. No podían comprenderlo después de haber pasado dos semanas retorciéndose de dolor y consumido por la fiebre. Tenía también los brazos ligeramente elevados y las manos como intentando agarrar algo. Al enfriarse el cuerpo, de su vientre comenzó a salir una especie de humo que, elevándose, iba tomando la apariencia del Tío. Y pareció escucharse una carcajada estentórea que estremeció a los presentes.